Al
parecer nos invita a incluirnos en una sociedad marcada por el
indi-vidualismo, el egoísmo, la avaricia, donde reina el
“sálvese quien pueda”, y todo vale para pertenecer
al selecto grupo de los incluidos aún a expensas de los
demás que, por esa acción, se transforman en excluidos.
¿Cómo se sabe si estamos incluidos o excluidos?,
los que dicen que saben, nos plantean umbrales econométricos,
desde: tantos pesos, somos pobres, o miserables o quién
sabe que otros calificativos irán a encontrar. La cuestión
es que parece que ese umbral a traspasar está cada vez
más alto, por lo que se vislumbra un horizonte cada vez
con menos incluidos y por consecuencia más excluidos.
Viéndolo de este modo la antinomia es
falsa. Porque el sistema necesita de los excluidos para seguir
perdurando; por otra parte, para ser un incluido debemos ejercer,
como decimos más arriba, el egoísmo, la avaricia,
el individualismo a ultranza, es decir debemos depender de estos
disvalores, porque si no se los practica, otros lo harán
y nos volverán excluidos; debemos volvernos esclavos de
esa forma de vida para mantenernos en la ansiada inclusión.
Además
existen reglas de juego externas a nosotros mismos que deben ser
acatadas, por ejemplo el libre mercado, donde como decía
el Gral. Perón: la libertad del zorro en el gallinero,
donde las gallinas sufren la libertad que tiene el zorro de comerlas
a su antojo.
El Modelo Formoseño en cambio plantea
una socie-dad distinta, basada en el amor expresado en actitudes
constantes de solidaridad, donde la organización de la
comunidad está dirigida hacia la construcción del
bien común, donde a cada uno nos importe lo que le pasa
al otro, con la convicción que nadie se realiza en una
comunidad que no es verdadera, donde podamos desa-rrollar un mercado
legítimo, un espacio donde todos podamos ofrecer y acceder
a bienes y servicios. La propuesta entonces es inclusión
con liberación.
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En
este modelo la exclusión es impensable, ya que
la convivencia está basada en la actitud de servicio, que
es la que nos lleva a la libertad, mientras se ejerza esta vocación
de servir al otro no pueden existir excluidos; en definitiva,
la liberación se da en la medida en que construyamos desde
nuestros corazones, el Hombre Nuevo Formoseño, reemplazando
las ataduras del hombre viejo, que son la avaricia, el egoísmo,
la envi-dia, el chisme, el individualismo, por los valores que
también tenemos en el corazón, pero que nos cuesta
expresarlos, tales como: la generosidad, la solidaridad, el amor,
que nos lleva a ponernos en el lugar del otro con espíritu
de ayuda.
Encontrar el sentido de la vida en el servicio
a los demás y alegrarnos en esa actitud. La medida de la
inclusión, en el Modelo Formoseño no está
dada por cuestiones económicas solamente, sino por el grado
de desarrollo integral de cada familia y por ende de la comunidad.
Es la visión integral del hombre la que guía los
esfuerzos que se hacen para desarrollar el Proyecto que da sustento
legal y de infraestructura al Modelo.
Todas las obras de infraestructura como los
caminos, la energía eléctrica, el manejo de las
aguas superficiales, la obtención de nuevas fuentes confiables
de agua del subsuelo profundo, las comunicaciones, el apoyo a
la producción y a la obtención de nuevos mercados
para nuestros productos, así como la creación de
ámbitos de defensa de los intereses de los más humildes
como la creación de las Subsecretarías de Derechos
Humanos y de Defensa del Consumidor y el Usuario están
orientadas hacia la dignificación del Hombre Formoseño,
el fortalecimiento de su familia y la organización de la
comunidad.
Si otro fuera el objetivo, nada de lo hecho ni
por hacer, tendría sentido, todo el esfuerzo de un pueblo
y su gobierno sería vano y pasaría a la historia
como otro capítulo perdido de la Revolución inconclusa.
Creo que los formoseños tenemos la oportunidad histórica
de consolidar esta revolución desarrollada con amor hacia
nosotros mismos y a las generaciones que vendrán.
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